Qué hubiera sido, si antes me hubiera conocido (mejor)
–Francisca Cifuentes (Psicóloga, terapeuta e instructora de mindfulness) Esa idea, acompañada de una sensación melancólica, la he tenido muchas veces en mi vida: una especie de mini lloriqueo cuando miro atrás y veo cómo de bien me hubiese venido conocerme mejor. Y a los pocos segundos me digo: “No no no, pero si lo hice lo mejor que pude y lo importante es mirar qué puedo hacer ahora..” De paso me digo: “Nada personal lloriqueo, gracias por mostrármelo, está bien que estés sintiendo esto, es válido”. Entonces me voy a pensar sobre qué leche derramada de hoy voy a estar llorando en diez años más... A veces sirve, a veces no. Y es que no es fácil ser terapeuta y tener en modo activo todas estas voces validantes, compasivas y resolutivas, que saltan al segundo cuando la crítica, la melancólica o la hater en mí toman el volante. A veces (muchas) me agoto de mí misma.
Ahora, a las puertas de los cincuenta, tengo muchos de esos momentos. De mirar atrás con nostalgia y mucha contradicción: “En qué momento pasaron 9 años. ¿Qué hice, qué no hice y por qué?”. Esas preguntas vienen y van, a veces con tono constructivo, otras con ánimo inspirador, y otras también con un poco de sabotaje.
Hace dos años participé en un taller hermoso que se llamaba diario corporal, sobre autoconocimiento del propio cuerpo y del ciclo menstrual. Fue uno de esos momentos en que me dio pena no haber parado en este tema antes, mucho antes, a mis veinte, a mis treinta ¡Cuánto sentido tiene! Conocer, entender el cuerpo y su funcionamiento y dejar de luchar contra lo que no controlamos y aprender a usar la energía y tu ciclo a tu favor. “Pucha cuerpo, con tanto trabajo personal hecho, no te he dado mucha bola estos últimos cuarenta y nueve años ¿En serio que lo vengo a ver cuando mi ciclo menstrual y mis hormonas ya están jubilándose? Una lloradita y seguimos”, me digo.
Y ahora, mientras mi cuerpo navega su nueva metamorfosis, podría perfectamente meterme con todo a estudiar este nuevo tema y a estudiar-me... pero no siempre me da la vida. “Hago lo que puedo, amiga.” Y sí, qué suerte que ahora hay tanta información sobre la perimenopausia. Qué suerte, porque es una especie de humanidad compartida. Pero también qué agobio el saber que hay tantas cosas que se pueden hacer para estar mejor y que por alguna razón no estoy haciendo. Ahí aparece la culpa. Cada vez que una amiga me manda un artículo o podcast o veo otro post sobre ‘la peri’ como le dice mi amiga Sonia, siento una especie de peso sobre mis hombros, que acabo de ver mientras escribo estas líneas (gracias Sandra). Un mensaje del tipo: infórmate más, házlo mejor. Como si hasta el cambio de etapa tuviera un manual que no estoy leyendo “¡Basta! Una lloradita más y seguimos.”
Por suerte encontré una doctora maravillosa, empática, que habla mi idioma y conoce mi cultura. Y aunque ese no sea el foco de la consulta, saber que tiene ese bagaje y esa sensibilidad me reconforta y me da confianza. Porque aunque lleve más de veinte años acá, cada vez necesito más rodearme de gente que entienda en carne propia la multiculturalidad. Será la edad, pero cada vez me vuelvo menos tolerante con los no-tolerantes. Más contradicciones.
Por una parte me siento más libre, más empoderada y más creativa que nunca, las ideas a mil, pero la energía no siempre me acompaña. Es como una nube espesa donde todo se mezcla. Y a todo lo que me pasa le puedo poner la etiqueta ‘la peri’, si quiero, pero la verdad es que muchas veces de poco me sirve hacer eso.
Qué difícil es practicar la aceptación cuando lo que se nos vende son imágenes estáticas, perfectas, cuerpos sin tiempo y modelos rígidos en los que encajar. Cómo pedir que no se nos critique si, muchas veces, las más duras somos nosotras mismas. Y cómo no serlo, si crecimos en una cultura que convierte cada cambio en una oportunidad de venta, que nos recuerda —con amabilidad o con culpa— que siempre hay algo que mejorar. Incluso ahora, que esta etapa empieza a tener más visibilidad, aparecen miles de marcas prometiendo soluciones para todo lo que, según ellas, debería incomodarnos. Un sistema que se alimenta de nuestras inseguridades, y que a la vez las fabrica, reforzando la idea de que hay una sola forma de estar bien, de verse bien, de ser “adecuada”. Y así seguimos, aprendiendo a aceptarnos mientras intentamos tapar arrugas, ojeras, granos, canas, kilos, estrías, cansancio.
Así de contradictoria es la cosa, que el otro día en un grupo de amigas —todas mujeres bastante trabajadas, empoderadas y deconstruidas— terminamos diciéndole a una: “Nooo, pero es que tú no pareces de 50, es que ni tienes arrugas”. Y aunque ese comentario es totalmente válido y en un círculo de confianza puede darse como una observación inocente, igual terminamos riéndonos de nosotras mismas al darnos cuenta de que el mensaje escondido era un piropo que refuerza el discurso contra el que intentamos luchar: joven, linda y calladita. Y sí, contradicciones en todas partes. Pero te digo algo: “Con los años voy sintiéndome más cómoda con ellas. Porque las veo, las conozco y voy entendiendo de dónde vienen. Eso me ayuda a llevar la fiesta más en paz.”
Me despido con un verso de Canto Diáspora Berlín:
‘Basta ya de criticar
Nuestro cuerpo envejecido
El valor de su experiencia
Es vital pal colectivo’
(Artículo de la revista Almanach de LAFI - en su última edición Metamorfosis 2026)